
La obsolescencia programada tiene malísima prensa, y en parte se la ha ganado. Pero seamos honestos: si los productos durasen para siempre, costarían muchísimo más y buena parte de la gente no podría permitírselos. Tampoco podrían vivir de ello las empresas ni los artesanos que los fabrican. No es nuevo: el calzado o los libros llevan siglos funcionando así.
Lo interesante es que el péndulo está volviendo. La normativa europea del derecho a reparar, las etiquetas de reparabilidad y el auge brutal de la segunda mano han convertido la durabilidad en argumento de venta. Hay marcas que hoy presumen de cuántos años aguanta su producto, no de cuántas novedades sacan al año.
Ahí está el matiz que da título a esta entrada: consumir no es el problema; consumir por consumir, sí. Comprar algo que necesitas, usarlo y repararlo es consumo. Reemplazarlo cada temporada porque el marketing te lo susurra es consumismo.
Para los que nos dedicamos a esto, la lección es clara: la durabilidad ya no es enemiga del negocio. Es posicionamiento. La marca que hoy te vende algo que dura te está comprando a ti como cliente para veinte años.